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5-2-2012
Portfolio del Día

Manera, Marcelo





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Un pasado todavía reciente

Carlos Altamirano
Profesor de Historia

De los muchos golpes de Estado que conoció la Argentina a lo largo del siglo XX, probablemente ninguno fue más anunciado que el que derrocó al presidente Arturo Illia el 28 de junio de 1966. Desde un año antes, los semanarios de actualidad, que eran la fuente principal de los rumores, informaban del malestar en las fuerzas armadas, de reuniones entre oficiales y dirigentes civiles, de planes e incluso de fechas para el próximo establecimiento de un régimen militar. Cuando finalmente el golpe se produjo, el hecho pareció dar cumplimiento a un desenlace inevitable. Se destituyó al presidente así como a los gobernadores, se disolvieron el Congreso Nacional y los parlamentos provinciales, se liquidaron los partidos políticos, la Constitución fue subordinada a un estatuto prescripto por los jefes militares y el general Onganía fue ungido para presidir la denominada “Revolución Argentina”.

Con la implantación del nuevo régimen, llegaron al poder un proyecto de modernización autoritaria del capitalismo argentino y la doctrina de la seguridad nacional. Esta doctrina, que orientaba la percepción militar de la realidad argentina y mundial, descansaba en la tesis de que la agresión interna o subversión era la nueva forma de la conspiración comunista. Por lo tanto, las fuerzas armadas debían definir su papel en la vida nacional en función de combatir esa amenaza. Uno de los motivos que se invocaron para el golpe había sido justamente el de enfrentar la agitación subversiva.   

La mayoría de los partidos políticos acató, cuando no apoyó el nuevo orden. Sólo el radicalismo, el partido derrocado, unos pocos dirigentes del peronismo provincial y algunos grupos de la izquierda expresaron su rechazo. La única tentativa de impulsar una resistencia provino de la Universidad de Buenos Aires, pero fue prontamente reprimida por la dictadura: la represión de estudiantes y profesores en la Facultad de Ciencias Exactas quedaría grabada con un nombre simbólico: “la noche de los bastones largos”.

¿Por qué encontró tan poca oposición un régimen que se había impuesto por la fuerza, se arrogaba la representación de la nación y confiscaba derechos cívicos y políticos del pueblo argentino? Había, sin duda, sectores que tenían expectativas en la solución autoritaria, tanto entre liberales como entre nacionalistas. Pero más allá de quienes daban apoyo a la dictadura, en favor de ésta jugaba el extendido descreimiento respecto de los partidos y la democracia política. Varios hechos se sumaban para alimentar esta desconfianza: la anomalía del sistema político, que desde 1955 tenía como fundamento la proscripción del peronismo; la comprobación repetida de que los gobiernos civiles resultaban débiles frente al poder de las fuerzas armadas; la opinión generalizada de que la Argentina se hallaba estancada y que los partidos eran incapaces de impulsar la modernización necesaria; el malestar de la derecha social, que no contaba con una opción de poder propia dentro del juego político democrático; en fin, la labor de ideólogos dramatizadores que vaticinaban la declinación definitiva del país, a menos que una enérgica intervención militar lo impidiera.

Hasta el mes de mayo de 1969 la iniciativa estuvo en manos de la dictadura. En marzo de 1967 había logrado mediante sanciones y amenazas poner fin a un plan de lucha lanzado por la CGT. La constitucion, al año siguiente, de la “CGT de los Argentinos”, que nucleó a algunos gremios y dirigentes sindicales combativos, hizo ver que la oposición se había extendido, pero no alteraba el dominio que el gobierno tenía de la situación. Fue este control del escenario lo que cambió drásticamente a partir de 1969.

En Corrientes, el alza de la tarifa del comedor universitario llevó a los estudiantes a la calle y, el 15 de mayo, la represión policial provocó la muerte de un estudiante. La solidaridad estudiantil trasladó inmediatamente la agitación y la lucha a la ciudad de Rosario, donde dos días después resultó muerto otro estudiante universitario. En Rosario las demostraciones contra el gobierno se generalizaron y se hicieron más violentas, por lo que Onganía dispuso la ocupación militar de la ciudad. Las dos CGT declararon entonces un paro general para el día 30 de mayo. En fin, el 29, en Córdoba, donde los sindicatos habían dispuesto un paro de 48 horas con movilización callejera, estalló la revuelta que se conocería como “Cordobazo”. Lo que ese día comenzó como una manifestación de trabajadores se convertiría con el paso de las horas en una protesta popular contra el gobierno y, tras la muerte del obrero Domingo Mena, las calles de la ciudad se transformarían en teatro de combates entre los grupos manifestantes y la policía provincial. Por la tarde, cuando la policía se había replegado, el Ejército se hizo cargo de la represión. Sólo al día siguiente las autoridades recuperaron el control de la ciudad: la lucha había dejado un saldo de más de veinte muertos.

El Cordobazo fue el comienzo del fin tanto del gobierno de Onganía, como de todo el experimento autoritario. La movilización popular contra el régimen militar ya no se detuvo y el modelo de la pueblada como forma de protesta se propagó a otras ciudades: Tucumán, Mendoza, Cipolleti. En 1971, ya sin Onganía y preocupados por su creciente aislamiento de la sociedad civil, los jefes militares comenzaron a buscar una salida del atolladero mediante el retorno al régimen constitucional, los partidos y las elecciones. El peronismo debía ser parte de la solución y para ello se pondría fin a su larga proscripción política. La cuestión a resolver sería el rol de Perón, exilado en Madrid, en esa salida.

Para entonces un actor de nuevo tipo había ingresado en la escena: las organizaciones armadas revolucionarias. El Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT), los Montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) aparecían hacia 1971 como los grupos más fuertes del militantismo armado. Para estas organizaciones, la mayoría de cuyos contingentes eran jóvenes salidos de las clases medias, sólo la Revolución podía abrir paso a una Argentina liberada de la dependencia extranjera y la explotación de clase. Ese cambio radical, sostenían, no llegaría por la vía de los votos, pues los dominadores no aceptarían pacíficamente la pérdida de sus privilegios. A través de las elecciones, si eran limpias, el pueblo podía acceder al gobierno, pero no al poder. El poder, sin embargo, era necesario para construir la nueva sociedad y únicamente se  lo obtendría mediante la lucha armada, un camino que exigía sacrificios, incluso el de la propia vida, pero ningún otro devolvería su soberanía al pueblo. A juicio de las organizaciones armadas, por lo tanto, la salida electoral que el régimen militar buscaba acordar con los partidos era sólo una maniobra destinada a preservar un sistema injusto. Unicamente los Montoneros, atentos a las tácticas de Perón, terminarían por respaldar la participación electoral.    

Los jefes militares no pudieron gobernar el proceso político que habían puesto en movimiento. Perón se sustrajo al acuerdo propuesto por el general Lanusse, lo que convirtió  la lucha electoral en una lucha contra la dictadura. El triunfo del frente peronista en marzo de 1973 cobró ese significado. El día de la asunción de la presidencia por Héctor J. Cámpora fue una fiesta colectiva: muchas esperanzas se habían proyectado en el triunfo del peronismo, aunque algunas eran divergentes y aun incompatibles entre sí. Las antinomias no tardarían en hacerse manifiestas.

La vuelta de Perón el 20 de junio marcó el fin de la breve etapa camporista y mostró a los ojos de todos la lucha que se libraba dentro del movimiento gobernante. ¿Qué camino debían tomar el peronismo y su gobierno? ¿El de la revolución, como proponía la Juventud Peronista, que había sido un actor central de la movilización electoral y simpatizaba con los Montoneros? ¿El que querían los dirigentes sindicales, cuya utopía era más bien la de regresar a la Argentina Justicialista de 25 años atrás, aunque con más poder? ¿El de Perón, que desde el gobierno retomaba el control del movimiento, enfrentando el desafío de los jóvenes? La muerte del viejo caudillo el 1 de julio de 1974 produjo gran consternación en el país, pero el luto duró poco y la pugna no tardó en reaundarse, cada vez más violenta. Ya en manos de Isabel de Perón, el gobierno se convirtió en una facción de esa lucha y su hombre de confianza, José López Rega, organizó el escuadrón de la Triple A para ejecutar a los adversarios. El descubrimiento de cadáveres se volvió parte de la crónica diaria.

Las fuerzas armadas, que se habían replegado tras la escena después de las elecciones de 1973, vieron que se les presentaba nuevamente la ocasión para aparecer como grupo salvador. Mientras preparaban su vuelta al poder, acosaron al gobierno de Isabel Perón, sumido en el aislamiento y desprestigiado, hasta destituirlo el 24 de marzo de 1976. La doctrina de la seguridad nacional, que seguía rigiendo el pensamiento militar, inspiró la teoría y la práctica de lo que se llamaría “guerra sucia”, destinada no sólo a liquidar a las organizaciones armadas, sino a disciplinar a toda la sociedad. Los jefes militares no querían que esta vez hubiera retrocesos y emplearon el terror estatal a fondo. Cuando, seis años después, la derrota de Malvinas los obligara a buscar una vez más una salida, los hechos criminales que hasta entonces sólo habían denunciado las Madres de Plaza de Mayo y los organismos de derechos humanos alcanzarían poco a poco la conciencia pública: decenas de miles de desaparecidos, centros de detención clandestinos, torturas atroces…

En 1985 llegó la hora del juicio a las Juntas Militares del régimen que había comenzado aquél 24 de marzo. Quienes hasta sólo tres años atrás eran hombres todopoderosos, dueños de la vida y la muerte de los ciudadanos, se verían sometidos a la soberanía de la ley. En un proceso ejemplar fueron juzgados y condenados de acuerdo con ella. Un hecho inédito en la historia argentina que la democracia hizo posible. Las dolorosas heridas que dejó en la sociedad la última dictadura aún siguen vivas, pero un nuevo capítulo para la vida nacional comenzó con ese juicio.

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